viernes, 23 de septiembre de 2016

Solaris (1972)



Miré Solaris (1972) hace unos días, era una de mis deudas pendientes con el cine de Andréi Tarkovsky, y me hizo cuestionarme ¿qué tan válido es elegir una mentira, un sueño, una ilusión para sostenerse? Es como si saliéramos de la caverna y luego dijéramos que la luz no importa y vamos a regresar al fondo, porque el ver nos produce dolor. En ese sentido, este filme es un hijo  (o quizás antecedente) de la Posmodernidad más que de una crisis de fe religiosa en el Estado Soviético. 

La posmodernidad es un concepto complicado; pero, en resumidas cuentas, desde ella se pregona la validez de todos los significados (no hay significante absoluto en la sociedad, así que básicamente ninguno es válido), ensalza el placer personalísta, se desdice del fin de la historia y pregona que la utopía, salvo la de autorrealización, termina en una pesadilla. La época moderna se ha vaciado de contenido, sólo hay un hueco que debemos llenar con un significado cualquiera, ya no importa, el gran significante ha caído y sólo hay que vestir una piel para evitarnos el frío.

La pregunta sería abierta ¿Se puede creer? No sólo en cuestiones religiosas, sino en revoluciones, en utopías, en una identidad o en un ideal. Pues ahí está el meollo del asunto: desde la perspectiva posmoderna, lo ideal está muerto. Como la esposa del psicólogo Kris Kelvin (Donatas Banionis), la idealización regresa y se nos presenta, cobra carne; esto nos aterroriza al principio, aunque después volvamos abrazarla con total normalidad mientras dormimos.  Lo desaparecido se nos muestra como un fantasma viviente, lo suficiente para no querer separarnos de ello; a pesar de que sea apenas la forma de aquello que habíamos amado.  La esposa muerta no recuerda haber sido otra y, al principio, quiere retomar su papel; pero a ella también la asfixia la indefinición, el saber que nos está conduciendo de la mano por una mentira, así que anhela su propia muerte. El ideal tiene dentro de sí su propia destrucción: el descubrirse como tal, como construcción, es decir, como simulación. 

El final nos deja la duda en cuanto al regreso. Ese punto del mar, ese ojo del huracán, donde el psicólogo se refugia con la figura paterna ¿es su realidad?¿Esa isla simboliza que eligió quedarse en un sueño?¿La realidad  es un sueño entonces, sólo que de un tipo distinto al que le proponía el planeta? El mar de Solaris se nos parece a ese ombligo del sueño del cual nos hablaba Freud; desde ese centro huracanado vienen esos seres que cobran carne, nuestras ilusiones. Todos los científicos de la Estación rechazaban esas representaciones, pedían mesura, arraigo en lo objetivo; pero sin dejar de acusar la deshumanización. Esa capacidad de pedir la objetividad y saberse desidealizados los hace caer en el pesimismo. A pesar de todo, en el final, Kris argumenta que algunas cosas de la humanidad deben dejar de tener explicación, deber presentarse como misterios y no ser reveladas.


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