Una cuestión sobre hacer mi tesis doctoral sobre la violencia y poesía en Honduras es darme cuenta de cómo esta república ha sido configurada desde tiempos coloniales. Podría decirse que nuestro país nunca tuvo futuro; porque era un sitio aislado, sin control y sumido en la brutalidad y el caos. Mucho de eso no ha cambiado. Las clases altas hondureñas siempre se han aprovechado de este aislamiento y de la falta de educación de sus habitantes para manipularlos, han construido un Estado a su medida y han impregnado, a través de la religión y el control de los medios, una actitud cómplice y lumpen en el hondureño. Cuando nada de eso funciona, ejercen la violencia de manera directa
Durante mucho tiempo, en especial entre los noventa e inicios de los dos miles sentí que algo podía cambiar. No puse mis esperanzas en un partido particular; sino en el hecho de que todo iba a ir progresando poco a poco. Sin ningún fundamento, tenía fe en el futuro. Eso comenzó a cambiar a partir del 2009. No se trató sólo del final de un sistema democrático sino de como el país descendió en una espiral de sinrazón.
En 2021, con el ascenso de la izquierda, creí ilusamente que algo lograría enmendarse; sin embargo, ese mismo gobierno en el cual pusimos tantas esperanzas cometió casi los mismos errores de sus antecesores. Lo peor de todo ello es que eso permitió el regreso de uno de los sectores más oscuros de la política nacional. Ante las últimas elecciones y al ver que la gente votaba abiertamente por ese mismo Partido Nacional, solo puedo decir que me sentí más que decepcionado. Uno entiende la molestia con la izquierda; pero de ahí a regresar a la ignominia hay mucha maldad banal en el camino.
Estoy cansado de este país. Es como si algo se hubiera roto definitivamente. Ya ni siquiera miro a las personas de la misma manera y me parece un sitio lleno de gente horrible, hipócrita y retrógrada. No sé lo que pase en mi futuro. No tengo esposa ni hijos ni mascotas; poseo, sin embargo una pequeña casa en la cual refugiarme a leer todos los libros que compré en mis viajes. Poca cosas más allá del ostracismo.
Hay, a pesar de todo, un pequeño grupo de personas que me devuelve la fe, muy a mi pesar, el director de una radio comunal tratando de despertar la consciencia de la gente, un cura que ayuda a los campesinos y los ambientalistas, una garífuna que se planta en contra de proyectos neocolonialistas. Sólo quisiera que, aparte de esperanza, no me doliera tanto el verlos; porque, como decía Kavafis: "que Efialtes ha de aparecer al fin, / y que finalmente los medos pasarán."
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