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| Las manos de un titiritero, fotografía de Tina Modotti. |
Supremo es un personaje creado e interpretado por Lester Alberto Cardona Meza (recalco lo de personaje y creado para efectos de este artículo). Cardona, de 31 año se hizo famoso por su material sobre viajes en Instagram y Tik Tok donde tiene un millón de seguidores, también se ha dedicado a promocionar su música y a organizar eventos deportivos con otros influencers. Su contenido, aparte de viajes, recurre al insulto fácil, el lenguaje procaz y la polémica con otros personajes. Esto último nos revela que una de sus estrategias es crear escenarios algunas veces preparados para causar controversias que potencien las visitas. Se trata, por tanto, de alguien que tiene una intuición sobre cómo funcionan las redes y su algoritmo.
El algoritmo es un proceso de instrucciones informáticas que determina aquello que los usuarios de redes sociales pueden ver. Para ejemplificarlo de forma sencilla, imaginemos que hay un robot y este elige qué aparece a cada usuario. En teoría, este algoritmo selecciona qué le muestra a cada quien en sus redes basados en aquello que el cibernauta mira, comparte o le da "me gusta"; sin embargo, no ha funcionado así desde hace mucho tiempo. Ya en la década pasada, Cambridge Analytica nos había mostrado que es posible manipular a las personas desde las redes sociales haciendo pequeños cambios en ese algoritmo para que ciertos grupos influenciables (jóvenes, religiosos y ancianos) reciban mensajes o vídeos que los radicalicen en apoyo a ciertas posturas políticas y en contra de otras.
Desde la compra de Twitter por Elon Musk, la forma en que funcionan las redes ha cambiado una vez más. El algoritmo dio prioridad a los materiales que producen más reacciones viscerales. Esto dio como resultado que se popularizaran publicaciones donde un creador dice algo polémico o incorrecto para que los espectadores le respondan enojados o empiecen a discutir fuertemente entre ellos. El efecto es que sus entradas obtienen mayores visualizaciones porque no hay nada que genere más reacciones que una polémica; así que la instrucción algorítmica las realza.
Si comprendemos este tipo de manipulaciones y procesos, podemos entender que la contratación de Supremo no es casual, sino la misma línea que otros gobiernos han seguido: emplear a generadores de contenido de gran influencia. Debemos asumir que atrás quedó el tiempo donde los gobernantes se rodeaban de intelectuales, celebridades o deportistas y se acercaban a los medios tradicionales como la televisión o la radio. Se trata ahora de una nueva etapa en el uso de los medios masivos, una que va a acorde con el cambio de época que representa la entrada de los algoritmos y las inteligencias artificiales en el mundo de la propaganda.
El influencer le brinda al político algo simple: un sujeto con pocas luces, con un precio accesible, sin escrúpulos ni pensamiento crítico y, más importante, con influjo sobre inmensas porciones de población gracias a un contenido básico y a la propulsión de un algoritmo abiertamente reaccionario. Su valor reside precisamente en su capacidad para apelar a las masas a través del placer inmediato que su entretenimiento causa y dirigirlos ideológicamente hacia donde se desea. Claro, el influencer no es consciente de esta operación en muchas ocasiones, él también está enajenado y es sólo un títere que repite los discursos del status quo. El que maneja realmente los hilos es el director de propaganda; por ello, no es coincidencia que uno de los consultores de la campaña de Nasry Asfura haya sido Fernando Cerimedo, asesor también de Milei y Bolsonaro. Este publicista ya ha aplicado esta mismo método en esos gobiernos. En el de Milei, por ejemplo, puede encontrarse una amplia conexión entre influencers y gobierno, algunos de ellos incluso ocupando puestos en el ejecutivo. Como se comprenderá, en especial desde las últimas elecciones, se está aplicando esa táctica comunicacional en Honduras.
Boris Groys nos hablaba de esta era como una donde la imagen de la máscara proporcionada por las redes es la que reina sobre los individuos. La última transformación de esa imagen son precisamente los influencers. Esto es preocupante, pues, como ya se ha demostrado, el algoritmo y sus personajes tienen la capacidad de distorsionar nuestro lenguaje y nuestra percepción de la realidad. De nuevo, nótese el papel que ya han jugado las redes sociales mediante bots, bulos (fake news) y vídeos de inteligencia artificial en la contienda electoral. Todos tenemos un amigo, pariente o conocido que basó su elección política en su consumo de Internet y hemos visto cómo incluso su personalidad fue alterada a causa de ello. Aparte, existe en Honduras una amplia porción de habitantes con deficiencias educativas, sin consciencia social y presa fácil de engaños (sólo hay que ver el caso de Choloma).
Los intelectuales nacionales no han logrado hasta ahora dar réplica adecuada a esta estrategia de manipulación. Tal vez porque han olvidado el lenguaje y las afinidades de las clases populares, ubicándose desde hace mucho en una torre de marfil o quizá porque se han desconectado de la forma en que se construye el mensaje en esta revolución informática. Como consecuencia, la reacción ha ganado la hegemonía en el discurso y, más alarmante, los efectos de esto apenas están empezando a mostrarse en nuestro país.

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