La gente en Honduras, en su mayor parte, practica la religión desde una perspectiva supersticiosa. Marvin Barahona menciona que esto se originó debido a la dificultad de las misiones para abarcar el territorio, ya que el Imperio Español tenía poco control sobre él y nulo interés en una de las colonias más pobres y atrasadas de sus dominios. Como resultado, muchas de las prácticas en el campo religioso quedaron a un nivel meramente superficial. Esto ha marcado profundamente la forma en que el hondureño se relaciona con lo sagrado. No es extraño que, por ejemplo, Jorge Bar-Levi mencionara que le llamó poderosamente la atención que la forma en que Juan Orlando y su familia practicaban la religión se parecía más a un tipo de brujería. En Honduras, el grado de sincretismo fue muy bajo incluso entre las clases altas.
No digo esto en el sentido de elevar lo europeo sobre lo indígena; sino a causa del riesgo que implica el desconocimiento de su propia religión y la ausencia de reflexión sobre sus propias creencias, sean las que sean. Durante años como profesor de Literatura Hondureña, me he topado con que mis estudiantes desconocen las mínimas referencias a su doctrina religiosa. Esto revela otra cosa preocupante: el hondureño practica un credo para cumplir un mandato social o para construir una apariencia. Eso los vuelve fácilmente presa de cualquier estafador que, desde el poder, pretenda imponer un dogma sectario.
La mayoría de la gente religiosa tiende a ser fácilmente manipulable en este país debido a esa superficialidad y consecuente superstición. Por eso es que los políticos prefieren imponer educación religiosa en lugar de educación científica o pensamiento crítico. No van a ser tan tontos como para dispararse en el pie. Es más simple reproducir un patrón coercitivo a través de un simulacro de lectura de La Biblia sobre la que hasta los mismos profesores desconocen su interpretación; porque, como un caballo de Troya, eso les permite introducir sus propias ideas: el caudillismo, la obediencia ciega y el nulo cuestionamiento a quiénes están en el poder; todo ello fundamentado en una errónea interpretación de textos que son sagrados para gran parte de la población.
La educación laica debe ser defendida por todos precisamente para evitar eso. Al mantener una distancia del campo religioso con el Estado, permite a cada individuo el aprender a convivir con la creencia del otro, a hacerlo menos propenso a charlatanes y, sobre todo, a entender que sus ideas no son obligatorias para los demás. Esto pronto se traslada también a sus posturas políticas. En pocas palabras, la laicidad es el fundamento de una democracia.
*Publicado originalmente en mi página de Facebook. Varias personas me pidieron que los colocara en un sitio web más público.