martes, 28 de abril de 2026

De títeres, algoritmos e influencers

Las manos de un titiritero, fotografía de Tina Modotti.

La aparición de "Supremo" junto al Nasry Asfura, actual presidente de Honduras, para anunciar su colaboración en proyectos gubernamentales ha causado revuelo en el medio hondureño. Semanas antes de esto, otro influencer conocido como "Loco de la Selva" ya había sido presentado como promotor en iniciativas para impulsar la cultura. Ambos casos no se tratan de situaciones aisladas, mero azar o ignorancia; sino de una política pública de propaganda planificada desde el extranjero. 

Supremo es un personaje creado e interpretado por Lester Alberto Cardona Meza (recalco lo de personaje y creado para efectos de este artículo). Cardona, de 31 año se hizo famoso por su material sobre viajes en Instagram y Tik Tok donde tiene un millón de seguidores, también se ha dedicado a promocionar su música y a organizar eventos deportivos con otros influencers. Su contenido, aparte de viajes, recurre al insulto fácil, el lenguaje procaz y la polémica con otros personajes. Esto último nos revela que una de sus estrategias es crear escenarios algunas veces preparados  para causar controversias que potencien las visitas. Se trata, por tanto, de alguien que tiene una intuición sobre cómo funcionan las redes y su algoritmo. 

El algoritmo es un proceso de instrucciones informáticas que determina aquello que los usuarios de redes sociales pueden ver. Para ejemplificarlo de forma sencilla, imaginemos que hay un robot y este elige qué aparece a cada usuario. En teoría, este algoritmo selecciona qué le muestra a cada quien en sus redes basados en aquello que el cibernauta mira, comparte o le da "me gusta"; sin embargo, no ha funcionado así desde hace mucho tiempo. Ya en la década pasada, Cambridge Analytica nos había mostrado que es posible manipular a las personas desde las redes sociales haciendo pequeños cambios en ese algoritmo para que ciertos grupos influenciables (jóvenes, religiosos y ancianos) reciban mensajes o vídeos que los radicalicen en apoyo a ciertas posturas políticas y en contra de otras. 

Con la compra de Twitter por Elon Musk, se capitalizó ese cambio sobre la forma en que habían funcionado las redes desde el surgimiento de Meta. El algoritmo dio prioridad a los materiales que producen más reacciones viscerales. Esto dio como resultado que se popularizaran publicaciones donde un creador dice algo polémico o incorrecto para que los espectadores le respondan enojados o empiecen a discutir fuertemente entre ellos. El efecto es que sus entradas obtienen mayores visualizaciones porque no hay nada que genere más reacciones que una polémica; así que la instrucción algorítmica las realza. 

Si comprendemos este tipo de manipulaciones y procesos, podemos entender que la contratación de Supremo no es casual, sino la misma línea que otros gobiernos han seguido: emplear a generadores de contenido de gran influencia. Debemos asumir que atrás quedó el tiempo donde los gobernantes se rodeaban de intelectuales, celebridades o deportistas y se acercaban a los medios tradicionales como la televisión o la radio. Se trata ahora de una nueva etapa en el uso de los medios masivos, una que va a acorde con el cambio de época que representa la entrada de los algoritmos y las inteligencias artificiales en el mundo de la propaganda.   

El influencer le brinda al político algo simple: un sujeto con pocas luces, con un precio accesible, sin escrúpulos ni pensamiento crítico y, más importante, con influjo sobre inmensas porciones de población gracias a un contenido básico y a la propulsión de un algoritmo abiertamente reaccionario. Su valor reside precisamente en su capacidad para apelar a las masas a través del placer inmediato de su entretenimiento y así dirigirlos ideológicamente hacia donde se desea. Claro, el influencer no es consciente de esta operación en muchas ocasiones, él también está enajenado y es sólo un títere que repite los discursos del status quo. El que maneja realmente los hilos es el director de propaganda; por ello, no es coincidencia que uno de los consultores de la campaña de Nasry Asfura haya sido Fernando Cerimedo, asesor también de Milei y Bolsonaro. Este agente de comunicación política ya ha aplicado esta mismo método en esos gobiernos. En el de Milei, por ejemplo, puede encontrarse una amplia conexión entre influencers y gobierno, algunos de ellos incluso ocupando puestos en el ejecutivo. Como se comprenderá, en especial desde las últimas elecciones, se está aplicando esa táctica comunicacional en Honduras.   

Boris Groys nos hablaba de esta era como una donde la imagen de la máscara proporcionada por las redes es la que reina sobre los individuos. La última transformación de esa imagen son precisamente los influencers. Esto es preocupante, pues, como ya se ha demostrado, el algoritmo y sus personajes tienen la capacidad de distorsionar nuestro lenguaje y nuestra percepción de la realidad. De nuevo, nótese el papel que ya han jugado las redes sociales mediante bots, bulos (fake news) y vídeos de inteligencia artificial en la contienda electoral. Todos tenemos un amigo, pariente o conocido que basó su elección política en su consumo de Internet y hemos visto cómo incluso su personalidad fue alterada a causa de ello. Aparte, existe en Honduras una amplia porción de habitantes con deficiencias educativas, sin consciencia social y presa fácil de engaños (sólo hay que ver el caso de Choloma).   

Los intelectuales nacionales no han logrado hasta ahora dar réplica adecuada a esta estrategia de manipulación. Tal vez porque han olvidado el lenguaje y las afinidades de las clases populares, ubicándose desde hace mucho en una torre de marfil o quizá porque se han desconectado de la forma en que se construye el mensaje en esta revolución informática. Como consecuencia, la reacción ha ganado la hegemonía en el discurso y, más alarmante, los efectos de esto apenas están empezando a mostrarse en nuestro país. 

miércoles, 1 de abril de 2026

Superficialidad, superstición y lecturas de La Biblia

La gente en Honduras, en su mayor parte, practica la religión desde una perspectiva supersticiosa. Marvin Barahona menciona que esto se originó debido a la dificultad de las misiones para abarcar el territorio, ya que el Imperio Español tenía poco control sobre él y nulo interés en una de las colonias más pobres y atrasadas de sus dominios. Como resultado, muchas de las prácticas en el campo religioso quedaron a un nivel meramente superficial. Esto ha marcado profundamente la forma en que el hondureño se relaciona con lo sagrado. No es extraño que, por ejemplo, Jorge Bar-Levi mencionara que le llamó poderosamente la atención que la forma en que Juan Orlando y su familia practicaban la religión se parecía más a un tipo de brujería. En Honduras, el grado de sincretismo fue muy bajo incluso entre las clases altas.

No digo esto en el sentido de elevar lo europeo sobre lo indígena; sino a causa del riesgo que implica el desconocimiento  de su propia religión y la ausencia de reflexión sobre sus propias creencias, sean las que sean. Durante años como profesor de Literatura Hondureña, me he topado con que mis estudiantes desconocen las mínimas referencias a su doctrina religiosa. Esto revela otra cosa preocupante: el hondureño practica un credo para cumplir un mandato social o para construir una apariencia. Eso los vuelve fácilmente presa de cualquier estafador que, desde el poder, pretenda imponer un dogma sectario. 

La mayoría de la gente religiosa tiende a ser fácilmente manipulable en este país debido a esa superficialidad y consecuente superstición. Por eso es que los políticos prefieren imponer educación religiosa en lugar de educación científica o pensamiento crítico. No van a ser tan tontos como para dispararse en el pie. Es más simple reproducir un patrón coercitivo a través de un simulacro de lectura de La Biblia sobre la que hasta  los mismos profesores desconocen su interpretación; porque, como un caballo de Troya, eso les permite introducir sus propias ideas: el caudillismo, la obediencia ciega y el nulo cuestionamiento a quiénes están en el poder; todo ello fundamentado en una errónea interpretación de textos que son sagrados para gran parte de la población. 

La educación laica debe ser defendida por todos precisamente para evitar eso. Al mantener una distancia del campo religioso con el Estado, permite a cada individuo el aprender a convivir con la creencia del otro, a hacerlo menos propenso a charlatanes y, sobre todo, a entender que sus ideas no son obligatorias para los demás. Esto pronto se traslada también a sus posturas políticas. En pocas palabras, la laicidad es el fundamento de una democracia.


*Publicado originalmente en mi página de Facebook. Varias personas me pidieron que los colocara en un sitio web más público.